Fulminante

Hoy te levantaste temprano. Rascaste tu cabeza. Limpiaste aquel hilillo de baba que te queda después de una noche de buen sueño. Tomaste la toalla y te duchaste, lo que terminó de despertarte.
   El almuerzo iba como de costumbre: café, huevos, tostadas, pero ella notó algo raro y preguntó si estabas bien. Como siempre, tu respuesta fue evasiva y pretextaste falta de tiempo.
   Saliste de casa, tomaste el autobús hacia la estación del metro más cercana; para variar el servicio estaba lento y llegaste tarde como siempre (sí, tienes la malísima costumbre de llegar tarde a todos lados). Prosiguió el transbordo a la otra línea y te tomaste tu tiempo como si no fuera lo suficientemente corto como para desperdiciarlo en nimiedades, es más, parecía que le pedías permiso a tus pies para moverte.
   "De lástima" llegaste a la salida de la estación y pesadamente subiste las escaleras, avanzaste hasta la calle y cruzaste el puente peatonal que te permitió llegar a la acera de enfrente.
   Esa es la acera en donde se encuentra el edificio en el que está la tu trabajo y en la que se encuentra el cubículo, esa pequeña "ratonera" (casi en el centro del piso) en la que puedes o podrías pasar desapercibido si no fuera porque tú y sólo tú eres quien lleva el control del tiempo para la nómina de cada uno de los que laboran en el piso. Al igual que todos los días, llegas y encuentras tu escritorio lleno con peticiones, revisiones, dudas, quejas, agradecimientos (pocos en realidad) y sobre todo, desorden.
   El desorden siempre te ha puesto "los pelos de punta" (gran contradicción con respecto a tu vida, la cuál es todo un caos, ¿verdad?).  Sacas un pañuelo de tu bolsillo, lo pasas por encima del escritorio y quitas el polvito que se ha acumulado durante tu ausencia.  Llamas al intendente, le reprochas su poca atención y esmero laboral, lo amenazas con quitarle algunas horas de su cuenta quincenal, como castigo, y él terminará disculpándose, aseando tu lugar (incluso antes que el de tu jefe) y pidiéndote una oportunidad, la que le otorgarás "a regañadientes", con una sonrisa fingida y una mirada dulzona pero hostigadora.
   Esos son los pequeños instantes que logras disfrutar del día laboral. Te hacen sentir un "gigante", alguien inalcanzable y digno de todo homenaje posible, pero al salir de tu pequeño cubículo, cuando te golpea la realidad en la nariz, entiendes que no eres más grande que el rincón en el que te tienen arrumbado. ¡No eres nadie! ¡No posees nada! ¡No vales más que ese papel en el que anotas y anotas numeritos todo el pinche día!
   Sales a almorzar. El estómago te dice que le hace falta alimento, pero lo ignoras como a todos. Sólo piensas en una cosa: ¡ella te descubrió! No puedes dejar de recordar esa mirada inquisitoria que te lanzó por la mañana. ¿Recuerdas la respuesta que le diste? ¡Yo sí!, pero no creo que sea de utilidad en éste momento, estando en el quicio de la azotea de este edificio, y más aún, cuando pretendes lanzarte al vacío para terminar con tu mísera existencia.
   ¡Recapacitaste! Por fin piensas con claridad y te retiras un poco de ese horrendo lugar; sólo piensa en el inmenso desastre que dejarías para la pobre gente de limpia de la ciudad, además, arruinarías ese traje completo de tres piezas y la bonita corbata que tardaste seis meses (sin intereses) en pagar.
   ¿Aún tienes el valor de asomarte por la cornisa para reflexionar sobre la idiotez que ibas a cometer?, sólo ten cuidado con...
   ¡Bueno!, habrá que ir llamando a los de limpia, la tarde será larga para ellos.

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