Doroteo


1
     ¿Cuántos pelados son a los que le vamos a dar de comer hoy?
     No lo sé,  hay más que de costumbre, tal vez unos cien más.
     Y sólo por eso tengo que fregarme a pelar tantas papas; en verdad ¡estoy jodido!
     Deje de quejarse, ¡usté fue el que quiso venirse a la Revolución!
     Pues sí, pero ¡yo quería matar a esos gringos del demonio y no estar encerrado  todo el día preparando la tragazón pa’ la tropa!

Doroteo nació un cinco de junio de 1878 en la hacienda de Río Grande, Durango.   Era hijo del peón Agustín (en este momento no recuerdo su apellido, tal vez lo recuerde más adelante) y de Micaela Quiñones.  Como todo hijo de peón, desde muy pequeño curtió su pellejo bajo los rayos del sol; sus juguetes eran la tierra, los granos y matas del maíz que sembraba su padre.
A muy corta edad se hizo diestro en los menesteres del campo; era un buen peón y por lo mismo no le fue difícil encargarse de su familia cuando su padre murió (al menos lograba que sobrevivieran).  La gente del pueblo lo recuerda con mucho cariño; uno de los más viejos –y que sobrevivió a la Revolución- hablaba maravillas de él: “Trabajaba de sol a sol, ¡recuerdo que los surcos que él hacía eran los más altos y las mazorcas que salían de ahí eran las más grandes!”.

     ¡Oye tú!, ve a ver si ya se terminaron de desangrar las gallinas.
     Si ya están, las deshollas para ponerlas a hervir.
     ¡Las deshollas, va! Mis manos sirven para otras cosas y no para andar desollando gallinas pa la comida del General. (¡Si yo fuera él, no andaría escondiéndome de las tropas de los gringos!; yo en su lugar, arengaría a los muchachos para que vengáramos la muerte de Don Francisco Madero ¡nuestro Presidente!; no hubiera dejado que se llevarán los gringos a Huerta, lo hubiera matado yo mismo con mis manos, aunque me fusilaran después, así hubiera rescatado la Revolución y no andaríamos…)
     ¿Qué pasó con las gallinas, ya están?
     ¡Sí!, las estoy destazando.
     Apúrate que apenas y van a estar listas para la comida.
2
            Doroteo en vida, tuvo que lidiar siempre con tragos amargos.  A los dieciséis años tuvo que salir huyendo dejando a su madre y hermanas desamparadas, por haber matado a un hombre importante del pueblo; mató a un tal Genaro González, caporal mayor de la hacienda en donde trabajaba. Todo el asunto se suscitó porqué este tal don Genaro se quiso propasar con su hermana mayor “la Mica”.  Él fue el que descubrió a su hermana llorando en la huertita que tenían en su casa, le preguntó que le pasaba y ella, desconsolada le conto todo el entuerto pero no le quería decir el nombre del desgraciado ya que conocía muy bien su carácter, duro, osco, arreciado por las duras jornadas de trabajo, la mala alimentación y los maltratos que recibía de parte del Caporal.
            Después de muchos trabajos y con la ayuda de su madre –que aún vivía- logró sacarle el nombre: “don Genaro” dijo ella. 
            Como era su costumbre, antes de salir a trabajar o a donde fuera (excepto a misa, en ese tiempo era muy devoto y buen cristiano, cuestión que cambió a partir de éste incidente), le pedía a su madre con voz fuerte pero respetuosa, su “agua”; en un abrir y cerrar de ojos, se tomaba tres cuartos de litro de pulque, se limpiaba los bigotes de los residuos, tomaba su sombrero y salía sin más ni más.
            Ésta vez no fue la excepción, bebió con avidez su pulque, pero a diferencia de otras veces, no salió de inmediato; entró a su dormitorio, sacó su pistola que tenía guardada en su estuche, de atrás de la puerta tomó su mejor machete y ahora sí, tomó camino rumbo al hotel Versalles, ya que tenía cantina y sabía que Don Genaro iba a estar ahí.
            Sólo se escucharon tres balazos y se le vio salir a galope del pueblo.  Por un buen rato no lo volvieron a ver por esos rumbos. Del muerto supe, por el mismo Doroteo, que los balazos habían sido el primero en un brazo, para atraer su atención; el segundo en los güevos, para lavar la afrenta y el tercero en el corazón ¡pa’ que dejara de sufrir!


3
     Y ora, ¿pa’ ónde vamos?
     Pus, a como veo, éste es el camino que lleva a Palomas, cerquita de la frontera con los gringos.
     Y ¿qué vamos a hacer allá?, si aún no acabamos con Herrera y los demás traidores, o qué, ¿estamos huyendo?
     No lo creo, ya ves cómo es mi General Villa, ha de traerse algo entre manos.
     Pos sí, tal vez vayamos a recoger algún cargamento de parque, vez que casi ya no tenemos y se me hace raro que no venga la tropa completa.
     Fierro estaba comentando algo sobre un tal Columbus con los demás capitanes cuando entré a retirar los platos.  Tal vez es a donde vamos.
     Pero, ¿nosotros pa’ qué vamos?
     ¡Ah, canijos pelados!, cállense y monten que se hace tarde; dejen de andar como viejas arguenderas y jálenle.
     ¡Sí, mi Capitán!

Después de mucho tiempo de no haber estado en batalla, mi General Villa nos llevó a Columbus a recoger un cargamento de armas y parque, pero no contó con que nos íbamos a topar con un regimiento gringo que iba a hacernos frente.  Perdimos el cargamento, casi acabaron con nosotros; pocos fuimos los que logramos escapar, entre ellos Doroteo y yo.

     ¿Qué demonios pasó?
     ¡Pos que nos equivocamos de lugar, mi General!
     López señalo un lugar y que le caemos, para nuestra desgracia, el cuartel de los gringos estaba justo enfrente ¡y nos tundieron sabroso!
     ¡Malhaya sea…!
A partir de ese momento, nuestras labores en la cocina fueron cada vez menos constantes; ya podíamos presumir que pertenecíamos a Los Dorados de Villa.

4
     (¡Me lleva el demonio!, andar aquí preparando las raciones para tanta gente y todavía me falta preparar mis cosas para la partida; lo único bueno de todo esto es que tenemos lugar seguro en el tren; pero todo el mendigo camino vamos a ir preparando comidas, pelando papas y papas…)
¡Cómo quisiera ser Villa!, así en vez de discutir y hacer que se fuera el General Ángeles, hubiera preparado junto con él estas jornadas. Verían que serían gloriosas; llegaríamos a Bermejillo y lo tomaríamos fácilmente; tal vez, y por misericordia, intentaría pactar con los Federales, ¿quién es su General?, creo que un tal Velasco pero no creo que accediera ¡bueno!, eso si en verdad son militares.  Al final, acabarían rindiéndose los últimos;  serían juzgados a la buena, sin trampas ni mentiras. ¡Sería una batalla GLORIOSA la de Torreón!
     ¡Ya deja de estar pensando pendejadas y mueve las manitas que se nos va a hacer tarde!
     Pus ¡muévete!, que todavía falta dar el pinole.

Después de que huyó del pueblo, Doroteo se fue a la sierra y sobrevivió un tiempo andando en una banda de saqueadores de caminos.  Su propósito era  poder seguir manteniendo a su familia, no le importaba el modo en que fuera, sólo quería que ellas no sintieran tanto su ausencia.
Por esos días, un tal Pancho Villa, gracias a la ayuda de Abraham González, logró levantarse en armas contra don Porfirio Díaz y su dictadura, ¡claro!, siempre motivado por las ideas de don Francisco I. Madero, quien fue el primero que se reveló.
Como ya estábamos hartos de la vida que llevábamos, decidimos unirnos al regimiento de Villa, además, la paga que se ofrecía era buena.  Yo creo que más que la paga, lo que nos llevó a unirnos fue la idea de seguir matando y saqueando, pero ahora con autorización, sin mayor represalia que el morir en batalla y con honor, ¡sí, salvar nuestro honor!, creo que fue la razón principal.
Para nuestra desgracia, Villa conocía nuestra fama y nos dio dos opciones: uno: nos quedábamos y servíamos en la cocina, o dos: por ser delincuentes nos fusilaba y lanzaba nuestros restos a los perros.

5
            Después de lo ocurrido en Columbus, Villa nos levantó el castigo y nos incorporó de lleno a la tropa.
            Para Doroteo, esto fue como si hubiera vuelto a nacer.  Cambió mucho su manera de ser.  Se volvió disciplinado y obediente en batalla, aguerrido y despiadado en ocasiones; siempre llevaba en el bolsillo izquierdo de la camisola una foto de Madero (al igual que Villa).
            Según yo, la suma de todo lo que antes he contado fue lo que hizo que Doroteo llegara a ser de las confianzas de mi General Villa.  Tanta fue la fe de Villa hacia él que lo volvió parte de su escolta personal después de haber sufrido los primeros atentados.  También esto fue lo que propició su muerte.
            Todavía recuerdo ese día, en Parral, donde mi General tenía su cuartel. Era  20 de Julio de 1923; como al medio día Villa salía hacia una reunión y fue acribillado a balazos mientras circulaba en su automóvil.  La orden de la matanza la había dado el Gobierno y nombró a Jesús Salas para que la llevara a cabo.  Creo que resta decir que la cumplió con éxito.
            Mi General Villa iba sentado en el asiento de atrás, justo en medio; con el iban tres hombres de seguridad y el chofer; el que iba sentado a su derecha era Doroteo.
            ¡Ah, ya recuerdo el apellido de mi amigo!, era Arango, Doroteo Arango Quiñones.
                                                                                                         
                                                                                                                                  FIN.

(Sorent Krokwta)

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